Río revuelto, piedras trae
El discurso de nuestros actuales gobernantes transcurre bordeando un río caudaloso, difícil de cruzar. En una orilla corren los anuncios apoteósicos sobre obras, acuerdos internacionales, inversiones y crecimiento económico, donde todo va de maravillas. En la otra, los conflictos sociales recrudecen, la pobreza ensancha, la educación y los servicios de salud no mejoran, la población no cree en nadie. No existen condiciones para dialogar y asumir tareas conjuntas. Sin embargo, podemos reconocer que las protestas siempre lanzan cuerdas desde la ciudadanía a la autoridad, solicitan ayuda. La población busca ser oída y atendida, con o sin violencia, pero siempre con dosis fuerte de emotividad. Mientras, los gobernantes condenan a ese sector descontento, zahiriéndolo a todo dar. Al final se hacen concesiones, pequeños avances, que no crean lazos entre Estado y sociedad, ni perfilan un país más justo.
Es evidente que el gobierno carece de un discurso abierto al diálogo y el beneficio mutuo. El olfato político del gobierno no recibe el mensaje de la gente, más bien transfiere su responsabilidad a grupos políticos como si fuesen sólidos en este país. No aprende a escuchar y verse desde los otros, sólo apela a sí mismo. Se transita así desde el milagro gubernamental a los malditos terroristas o comunistas que se infiltran y manejan a la población supuestamente tonta. Una “cowboyada”. Este discurso político devela su estructura antagonista, como en los dibujos animados de guerra. No sabemos si es un montaje simulado o es así de simple.
Pero, si es cierto que comunicar no es una prioridad, en cambio sí lo es la propaganda mediática con discursos triunfalistas. Al frente están los malos, tan perversos, que se justifica cualquier insulto y agresión, pues quien se rebela es siempre traidor, no merece derecho humano alguno. La cantaleta continúa, los buenos, siempre tienen la razón, son nuevos héroes gracias al triunfo electoral y las bonanzas económicas de estas épocas. Y en esa trama sin salida, los gobiernos regionales –incluso los locales- son también culpabilizados como si fueran iguales. Lo penoso es que el propio discurso gubernamental coloca al pueblo en la otra orilla, sin construir intermediación alguna. Así las piedras que se tiran van enfureciendo ese río en trance continuo de desbordar. La democracia comunicativa es débil. Sin escuchar e interpretar no es posible dialogar. Si a ello añadimos que la distancia entre sociedad civil y Estado se profundiza, vivimos una fragmentación creciente, ya no como guerra inicial del primer año de gobierno, más bien hoy ambos se ignoran.
¿Será que se entiende a la sociedad como un conjunto de súbditos, reconociendo que los necesitan por intereses electorales? ¿Por qué tanto escozor frente al desacuerdo? Se interpreta como lucha. Ello explica tanta publicidad estatal. Reemplaza al diálogo. No se asume esos reclamos como oportunidad de escuchar y decidir. “Ya se les dio mucho” dice el propio presidente. ¿Cómo decir eso a quien no tiene nada que comer, ni siquiera trabajo?. Hiere. La riqueza que se anuncia con tantos bombos y platillos embravece las aguas y las orillas se mantienen en contrapunto. Estamos ante una extraña mezcla entre democracia y autoritarismo palaciego. Según el presidente “Confianza y serenidad es lo que necesita el país”, (Perú 21, 16 de junio) es verdad, pero lo dice para negar un derecho constitucional a reclamar, pues en el imaginario estatal nada debe pasar, excepto aplaudirlos. Se debe identificar esos cuellos de botella centrales y planificar cambios armónicamente de manera incluyente.
Un gobierno que no aprende a prevenir y debatir conflictos
La pobreza debe develarla el propio Estado y explicarla al país, sin ocultamiento alguno. Pero la prensa lo gana. También debe colocar en público las dificultades, las tensiones, los posibles problemas, sin embargo se esconden. Un buen líder político tiene buen ojo para analizar la realidad y sus acontecimientos. Es el que señala conflictos por venir y se plantea alternativas que pone en debate público. Aún no contamos con una cultura deliberativa y este gobierno no la desarrolla, más bien la restringe. Apostar al diálogo para prevenir conflictos debe ser un indicador de gobernabilidad. Y cada tensión podría ser una oportunidad de trabajar muchos peruanos juntos.
Las instancias de mediación antes creadas como mesas de concertación, incluso el Acuerdo Nacional, entre otras, tienen hoy poco peso público y menos influencia política. Y no es viable prevenir y resolver situaciones en ruta confrontativa. Todo lo que se pide, el gobierno sostiene que ya se está haciendo o no se puede aún. El Instituto de Opinión Pública de la PUCP, pone en cifras lo que la gente siente. Sólo el 15% de los pobres aprueba al gobierno, el resto lo desaprueba. El 73% afirma que el gobierno apuesta por grandes empresas, clase alta, empresarios extranjeros. La publicidad estatal, como es lógico no sirve, la realidad decide.
Es evidente que el gobierno no sabe escuchar los primeros sonidos de un conflicto, menos entender a esa ciudadanía que pide mejor distribución del canon minero. No puede descubrir qué hay detrás de una demanda y cómo se explica. No entiende que la paciencia se acaba y explota. Tampoco sabe juzgar ese acumulamiento de una rabia colectiva que ya es histórica en el país. No se comunica con su pueblo, ni gobierna para él. Todo el que ayuda a esa población rebelde es enemigo fatal o tonto útil. Por ello oculta ese fracaso en “A mí me impresionó que un altísimo jefe policial se entregara de esa manera tan mansamente, sabiendo de lo que son capaces los agitadores comunistas de estas zonas” Respetar la vida y dialogar es señal de debilidad para nuestro Presidente. Está claro ese antagonismo cuasi militar. Hasta los ridiculiza como si fueran niños al decir “El 2009, ambos departamentos (Tacna y Moquegua) tendrán contabilidad separada para que no peleen por la riqueza de las minas que otros departamentos no tienen”. Se vive el presente sin prevenir futuro. Al gobierno le cuesta entender el país concreto que somos. La mayoría de ciudadanos provenimos de una pesada historia social, cultural y política. Cada persona, en especial pobres y sectores medios, estamos enredados en vidas cotidianas frustradas. Somos hijos del fracaso político, por ello tanta negación democrática. Nunca tuvimos partido político liberal, sólo conservadores frente a izquierdistas radicales. |