Oficina de Comunicaciones ACS Calandria, Julio 2008 - N°7
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Analistas Comentan
LA INTOLERANCIA DEL DISCURSO
Jorge Bruce | Psicoanalista

Lo más saltante de la comunicación presidencial es su incapacidad para trazar fronteras claras entre su ambición desmedida de pasar a la Historia como un gran Presidente y las prioridades de la sociedad. De este modo, pierde la perspectiva de largo plazo y hasta por momentos llega a prescindir de la realidad. Como en esos anuncios de organismos que parecen sacados de la manga, desde Forsur hasta la ONA, para colmar la representación que quisiera tener de sí mismo como un mandatario organizado y eficiente, que piensa en grande, para usar sus términos.

El problema es que cuando su visión está menos referida a las urgencias cotidianas de los peruanos que a las narcisistas del Presidente, “pensar en grande” significa pensamiento grandioso, como “perros del hortelano” significa el que no está de acuerdo conmigo debe ser proscrito. Este afán protagónico desmedido obnubila el criterio y distorsiona la perspectiva, haciéndolo incurrir, una y otra vez, en ofrecimientos tan disparatados como el de las Olimpiadas. En suma, una comunicación impulsiva e imprudente, ora seductora, ora agresiva, propia del discurso megalómano, autoritario e intolerante.

LA DICTADURA DEL MONÓLOGO
Patricia del Río | Periodista

La comunicación es una vía de doble sentido, en la que emisor y receptor intercambian roles. Si el emisor siempre es el mismo, el diálogo  degenera en monólogo. Desde que inició su gobierno, el presidente García ha estado tan fascinado con el sonido de su propia voz que se ha olvidado de escuchar, y por eso no les da espacio a sus interlocutores para que se expresen, ni tampoco verifica que los mensajes que él está mandando los estén entendiendo adecuadamente.

Las consecuencias de este comportamiento autista son dos: a los que desean ser escuchados no les queda más que reclamar atención a gritos (es el caso del moqueguazo) y la otra, más  grave, es que en este monólogo en el que se ha enfrascado el gobierno, solo hay un discurso válido.  Al no haber variedad de voces no hay diversidad de puntos de vista, y eso degenera en que solo hay una visión de  lo que es o debe ser el Perú. Todas las decisiones se toman en función de ese único criterio, y a las voces discrepantes se les reprime o acusa de estar en contra del desarrollo del país. Estamos, entonces, ante la dictadura del monólogo y el “monocriterio” que provoca un discurso soberbio, intolerante y, a veces, discriminador.

UN GOBIERNO BIEN COMUNICANTE
Santiago Pedraglio | Analista político

En los últimos meses –como durante el gobierno de Alejandro Toledo–, el presidente Alan García y algunos de sus más altos funcionarios se han quejado amargamente de que no han sabido comunicar los logros de su gobierno.

La afirmación es inexacta. El gobierno se ha ocupado constantemente de comunicar a la población que al país le va muy bien, incluso excelente; y ese mensaje central ha sido perfectamente escuchado por la población. El detalle es que cada peruano asimila el optimista mensaje de manera distinta: el discurso comunicativo gubernamental sintoniza ‘regio’ con aquellos a los que les va muy bien, regular con los que les va ídem y mal con los (muchos) que la siguen viendo verde.

A esto se suma el estilo soberbio del Presidente, que transmite la idea de que lo sabe todo y, como contraparte, de que quienes protestan o critican su gestión son gente frustrada,  amargada o corta de entendederas. Hacen falta más sencillez, menos aspavientos y un esfuerzo para ponerse en los zapatos de la mayoría.

     
 
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